Estimados amigos y amigas, camaradas, cumpas:
Quiero empezar por algo que dije hace apenas unos días, durante nuestro último Café Virtual:
“Hoy ya no es bloqueo. Es genocidio.”
Se lo dije a Claudia De la Cruz cuando le pregunté cómo estaba el ánimo del pueblo cubano después de tantas privaciones. No fue una exageración ni una figura retórica. Fue una descripción.
Claudia, ya regresada al Bronx luego de su viaje a Cuba, nos dio algunos datos que explican mejor que cualquier adjetivo la gravedad del momento: alrededor de cien mil personas esperando una cirugía en Cuba, doce mil de ellas niños, y una mortalidad infantil que se multiplicó dramáticamente. Eso no es una consecuencia accidental de la escasez. Es el resultado de una política deliberada para producir sufrimiento, desesperación y desestabilización política.
Hace unos días compartí en el blog el documento titulado “Infame panfleto del Departamento de Estado en contra de Cuba”. Washington vuelve a presentar a una pequeña isla del Caribe como una amenaza para justificar el castigo colectivo contra su población. La fórmula es antigua: primero se demoniza al enemigo y después se presenta la agresión como defensa.
En el Café también conversamos con Eduardo Nava Hernández, desde México. Nos recordó que entre el setenta y el ochenta por ciento de las armas que terminan en manos de los cárteles mexicanos provienen de Estados Unidos. Sin embargo, Washington no combate a sus propios traficantes con la misma intensidad con la que amenaza al gobierno mexicano.
Ya vimos esta película. La Doctrina Monroe, el Big Stick de Theodore Roosevelt, los golpes de Estado, los bloqueos, el lawfare y las llamadas guerras contra el narcotráfico son capítulos diferentes de una misma historia. Cambian los argumentos. Lo que no cambia es la pretensión de tomar el control absoluto de Nuestra América.
Esta disputa aparece con claridad en “América Latina en disputa: claves para entender el nuevo escenario geopolítico”. Estados Unidos ya no posee la supremacía indiscutida de décadas anteriores. China, Rusia, India y otras potencias han modificado el tablero mundial. Pero una potencia en declive no necesariamente se vuelve menos peligrosa. Al contrario: las enseñanzas de la historia dicen que tiende a volverse más agresiva.
Úrsula Asta, recién llegada de Irán , nos contó lo que había visto durante las enormes movilizaciones por el funeral del ayatolá Jamenei. Su testimonio volvió a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿por qué Estados Unidos e Israel amenazan y atacan a países que no poseen armas nucleares, pero son mucho más prudentes frente a quienes sí las tienen?
Corea del Norte es un país pequeño y continúa intacto. Irán renunció durante años al desarrollo de armamento nuclear por una decisión religiosa y política de su máxima autoridad. Sin embargo, esa renuncia no le garantizó seguridad.
Estamos viviendo en un orden internacional donde la ley se aplica selectivamente, la guerra preventiva se naturaliza y el genocidio corre el riesgo de convertirse en una práctica tolerada. Y detrás de las decisiones aparentemente personales de los presidentes existen poderes económicos, militares y corporativos que rara vez aparecen en las portadas. Sobre esa trama escribí en “Trump parece tener el poder. Pero ¿y si alguien tuviera poder sobre Trump?”.
Pero quiero volver a Cuba, porque es lo que más me indigna.
Rusia tiene petróleo. China tiene petróleo. Brasil, México y Angola tienen petróleo. Sin embargo, ese petróleo no llega a Cuba. México, que sostuvo una relación solidaria con la Revolución Cubana desde los años sesenta, terminó suspendiendo sus envíos ante la presión estadounidense. Pero los otros países podrían al menos intentarlo.
La solidaridad con Cuba no puede seguir siendo una palabra bonita pronunciada en congresos y declaraciones diplomáticas.
La solidaridad tiene que ser petróleo en barcos llegando a sus puertos. Tiene que ser alimento, medicamentos, tecnología y decisiones políticas concretas.
Y este es también el gran desafío del progresismo latinoamericano. No alcanza con ganar elecciones ni con administrar un poco mejor las instituciones heredadas. Hay que construir poder, integración y soberanía suficientes para resistir las presiones de quienes nunca aceptaron que nuestros pueblos eligieran un camino propio.
Por eso, el curso que destacamos este mes es El progresismo latinoamericano: balance y perspectivas, que realizamos junto con Paula Klachko. Porque para discutir qué hacer ahora, primero tenemos que comprender qué hicimos, qué logramos, dónde retrocedimos y cuáles fueron los límites de nuestros gobiernos populares.
También continuaremos siguiendo la coyuntura semana a semana en Panorama Global y, en agosto, volveremos a encontrarnos alrededor de la mesa del Café Virtual.
Porque comprender es mucho más que estar informado.
Comprender es recuperar la capacidad de decidir de qué lado estamos y qué estamos dispuestos a hacer.
Un abrazo solidario,
Atilio